RÍO BRAVO
Río, hace años que no visito un río; en el
altiplano uno solo ve montañas y musgo, recuerdo que el día en que nos casamos
él me prometió que me llevaría a un río.
Pero
él cambio, sus amigos le dijeron que los sentimientos son solo para las mujeres
y que él no era mujer, a veces cuando bebía alcohol decía estas cosas por eso
yo me enteraba. A pesar de su embriaguez
amablemente trataba de explicarle "los sentimientos son de todos, porque
todos tenemos corazón . Y él respondía "tenes razón hasta mi tío Lico el
militar un día me regalo un conejito y a mi mamá (su hermana) le llevo un ramo
de geranios y amapolas que corto de la montaña".
Cuando
Pablo nuestro niño ya tenía tres años, se enfermo y todo de ahí empezó a
nublarse, de por si el clima no ayudaba mucho, no había nada o quizá la
esperanza ya había muerto, un señor me dijo " que la esperanza es la misma
vida defendiéndose" y si ya no teníamos esperanza mucho menos vida. Él entro, nos sentencio diciendo que ya había
leído que solo en los Estados Unidos había medicina para curar a Pablito. Mis
ojos se quebraron y me recordaron el río que él me había prometido conocer. Le
agradecí tanto que cuando éramos niños hubiera preferido leer escondido de su
padre en aquella montaña y así no se le olvidaran las letras que aprendimos
aquel año en la escuela, como se me olvidaron a mí.
La
casa pequeña, el terreno, los dos marranos, el azadón; el machete, la ropa y
los cinco juguetes de Pablito, lo vendimos todo y salimos caminando del pueblo
sin decir una sola palabra y en mi cabeza solo salían, filas de doctores, maquinas, medicinas,
luces: curando a Pablito para que ya no temblara y no sacara espuma de la boca.
Me fui cantando todo el camino, Pablito solo se reía yo iba atrás y él lo
cargaba con una sabana a la espalda, siempre me parecieron muy frías las
sabanas, pero las chamarras nos las quito el coyote (como le decimos a quien
nos guía en el camino del desierto a Estados Unidos) porque dijo que tenía frío.
El río, mis ojos veían un río.
Río,
hace años que no visito un río; en el altiplano uno solo ve montañas y musgo,
recuerdo que día en que nos casamos él me prometió que me llevaría a un río. Lo
vi con cierta complicidad pero los gritos nos orillaron al río, primero tú
-grito una voz seca- anda con el nene
mejor -dije- termine de pronunciar la ultima letra y esa voz usando sus manos,
me tiro al río -sentí que me ahogaba- empecé a nadar burdamente llegue a la
orilla, de lejos venía él y traía al nene.
Agárralo
bien -le dije-
Su
cara se lleno de espanto se puso blanco, se puso rojo, nunca lo había visto así,
su piel era como dorada. La sabana ya no estaba, no me volvió a ver, no me dijo
nada; se metió al río y ya no vi su cara. Me quede muda, solo una mano me
jalaba. Entramos en unas largas calles de cuartos pequeños y las voces seguían,
no podía entenderlas. Me atormentaban -seguía muda-.
Me
dejaron en uno de esos cuartos sentada en un catre una especie de cama pero de
resortes de hierro, tan fría como las sabanas. Una mujer intento hablarme,
¿cómo te llamas? ¿Vienes sola? ¿De dónde venís? Cada pregunta me atacaba, me veía
en el río -seguía muda-.
Asumió
que era muda o que no quería hablar, me dio unas hojas en blanco y encontró con
dificultad un lápiz, arrugue el papel observe el lápiz, me vio a los ojos, se
fue a dormir.
Una
mujer con uniforme azul con verde me dijo-, duerme, me dio una sabana y se fue.
Odie
la sabana, llore más que aquel río, mis ojos eran océanos, tome esa sabana fría,
la hice un lazo y me ahogue.

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